A mi amigo José Miguel.

La torre Eiffel apagó sus luces, y muy probablemente, la Catedral de la Inmaculada Concepción en

Apatzingán también. No para siempre, desde luego, no lo podría aceptar jamás. Lo rechazo

frontalmente, no. Piénsalo así, no podemos adaptarnos a la deshumanización de nuestro tiempo.

Piénsalo. Toma un respiro pequeño. De cinco minutos, no más. Si prefieres aderézalo con

una taza de café de Veracruz o con uno de estos tés tan de moda, blanco, chai o lo que

prefieras. Respira profundamente. Si. Sugiero no una, sino al menos tres veces seguidas.

Pausada y lentamente. Piénsalo.

 

Ahora imagina París. Imagina Apatzingán, también. Imagínalos con sus olores, su oferta

gastronómica, su arquitectura, su gente y las miles de historias reales y cotidianas de esas personas

que las habitan, y de aquellas que las visitan.

 

No. Yo tampoco imagine jamás que en la línea de pensamiento se cruzaran en un sendero común

sitios tan disímbolos como la Ciudad de la Luz y un baluarte histórico y constitucional del occidente

mexicano en las ricas y pintorescas tierras de Michoacán.

 

Nada similar a simple vista, a no ser por el terror y el duelo que originan unos sujetos descastados

capaces de matar a sangre fría a seres humanos como tú, como yo, como todos esos seres que se

levantan diariamente a buscarse la vida para tener pan y algo de proteína en su mesa, para financiar

los estudios de los chicos, para tomar una vacación de vez en vez. Sanguinarios y cretinos, que

asumen la facultad de cegarles ese derecho a gente como tú, como yo, con un trozo de metralla

alojado en las entrañas, por el simple hecho de pensar diferente, manifestar ideas distintas, no

pertenecer a su confesión religiosa o ser adversarios en el negocio político, en el comercio ilegal. O

peor aún, por el simple hecho maldito de ir pasando por el fatídico lugar de los hechos.

 

Piénsalo. De los hechos violentos más recientes, y de los otros que no por ser un poco más distantes

en el tiempo dejan de ser abominables, parece ser que la avalancha informativa, las voces en las

redes sociales, en las sobremesas, en cualquier sitio, parecen enajenarse con las acusaciones, las

groserías, los insultos y particularmente el oportunismo de buscar popularidad con base en la

desgracia ajena. Como en un vulgar concurso de improperios, ordinarieces. Un concurso estúpido e

inútil.

 

Nos estamos perdiendo en la superficialidad de la adjudicación de culpas y escaños políticos.

Estamos extraviados en el sensacionalismo de dar las imágenes grotescas antes que nadie, las más

morbosas. Es una carrera aberrante de los medios de comunicación, pero también del ciudadano

común y corriente que indolente difunde el dolor humano extremo acaso horadando más en la

herida de nuestra decadencia.

En el sonsonete que hueco acusa al establishment y al partido en el poder, o a la autoridad que nos

sigue estorbando para divagar en el caos sin rumbo fijo ni beneficio alguno. A la deriva sin desear

verdaderamente nada, sin pelear verdaderamente por nada, sin siquiera imaginar las consecuencias.

 

¿No tenemos ya vergüenza? O es que acaso esta tendencia galopante de ser cool y sexies a la hora

de opinar de todo como expertos instantáneos nos ha hecho olvidar que la desgracia de vivir

nuevamente en un contexto como la ley del viejo oeste, tiene su origen precisamente en esa

indiferencia en la que nos hemos aparcado una buena parte de los siete mil millones de terrícolas

que animamos el planeta que no deja de girar cada veinticuatro horas.

 

Sin ir más lejos, la presentadora de noticias del canal estadounidense que daba cuenta del atentado

en París -que claramente invirtió más tiempo y esfuerzo en sus caireles impecables que en la

documentación del caso de París que presentaría en vivo-, decía con unos ojos sensuales y

frunciendo los labios en un arrebato sexy irresistible pero muy poco relacionado a la tragedia de

marras, como frase de cierre, hablando de los caricaturistas franceses: “¿será que nos tenemos que

adaptar a esta realidad en que nuestras diferencias se ajusten con muerte y balazos? ¿Debiéramos

seguir opinando lo que queramos? Aludiendo al riesgo terrorista, aparentemente germinado en el

fundamentalismo o en los dogmas intolerantes provenientes de ideas religiosas.

 

Lo que está claro es que seguimos equivocados en nuestra manera de hacernos cargo de estas

maneras tan apocalípticas de vivir. Los gritos y las acusaciones. La asignación de culpas ajenas y el

índice de fuego sobre otros, para lavar nuestras consciencias; la nueva condena hacia quienes son

diferentes no cambiará nada, pero nada, en el riesgo de morir a manos de un fanático, un mercenario

o un enajenado mientras hacemos la compra en el mercado.

 

Parece que una vez más, si lo piensas bien, solamente restará, como tabla de salvación, regresar a

tomar esa titánica labor del pizarrón y pupitres, de verbo y predicado, aritmética y geometría,

derechos humanos y principios cívicos; poemas leídos, sentidos y declamados…, las lecciones de

historia.

 

Si no cambiamos tú y yo de verdad y de fondo, si no modificamos las causas, los efectos solamente

serán cada vez peores. Paris, Apatzingán, Sidney, Boston, Londres e Iguala serán cada vez más el

mismo, el nunca, el jamás. La paz será una quimera discursiva, así como el medio ambiente, la

felicidad, y tantas cosas más que hemos relegado a nuestro discurso vacío.

 

Twitter: @avp_a

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