Por Manuel Espino

La más reciente visita de Felipe Calderón a Chile fue

empañada no por sus dichos, sino por una de sus acciones:

cenar con diversos políticos chilenos envueltos en un

escándalo de corrupción, durante el “III Encuentro

Internacional Oswaldo Payá: reflexiones sobre la vigencia del

pensamiento humanista cristiano”.

Según la prensa local, a Calderón lo invitó Sebastián Piñera a

cenar a su casa “e incluyó entre los comensales en el ojo del

huracán por el escándalo de corrupción política asociado al

Caso Penta. Es que a la cita llegaron el diputado Ernesto Silva

y el senador Iván Moreira, ambos salpicados por los pagos

irregulares y las boletas falsas emitidas para financiar

campañas políticas”.

Calderón podría haber rechazado la invitación, pero si

encumbró a César Nava y Germán Martínez, evidentemente la

corrupción no le es un tema vergonzoso.

He ahí uno de los primordiales yerros de los políticos que nos

ha tocado padecer en los últimos años: no condenan al

corrupto, no se desmarcan, no solo lo toleran sino que incluso

lo hacen parte de su círculo social y le conceden poder y

recursos para ejercer sus artes oscuras. Allí está el caso de

Miguel Ángel Yunes, que recibió de Felipe Calderón un apoyo

decisivo para tejer redes de corrupción que acabaron por

hundir al PAN en el desprestigio. Hoy —a pesar de su negro

historial— Yunes encabeza una de las cinco listas

plurinominales de candidatos a diputados federales.

Pero lo mismo sucede en instancias como la Global Quality

Foundation, que nombró como “alcalde del año al nayarita

Hilario Ramírez Villanueva, alias “El Layín”, quien durante su

campaña confesará haber robado “nomás poquito”.

Ese tipo de reconocimientos son la raíz de dichos tan

perniciosos para nuestra sociedad como “el que no tranza no

avanza” o “el poder corrompe”, cuando son las personas

quienes se corrompen a sí mismas, eligiendo traicionar a la

sociedad en la búsqueda de poder y riquezas.

Como personas que no se limitan a ser habitantes sino se

elevan hasta el nivel de ciudadanos, tenemos el deber de

recordar que la corrupción se combate no solo en los

tribunales, sino también en los espacios de convivencia, en la

opinión pública y hasta en ese momento en el que decidimos

a quién invitamos a sentarse a nuestra mesa. Pues mientras

no haya una condena comunitaria generalizada y tajante a los

corruptos, se les seguirá otorgando tácitamente el permiso

para seguir carcomiendo el alma de nuestra sociedad.

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