Por : Alfonso Villalva P.

El sol de otoño teñía de amarillos y naranjas la tarde que anunciaba el cese de actividades

de oficina en la Gran Manzana. Millones de personas se arremolinaban al unísono para

entrar a una estación de metro, tomar un taxi amarillo, abordar un Bus, o doblar una

esquina con prisa, en pos de un destino previsible que por unas horas de la noche les

apartase de la vorágine cotidiana, de la vida siempre vertiginosa de Nueva York.

Era una tarde ordinaria, repetible, idéntica a las demás, pero entre la masa que esperaba

cruzar la calle en la esquina de Madison y la 48, destacaban los ojos verdes de ella, cuya

mirada, de verdad, juraba ser eterna, inmortal. Una mirada que competía con la luz de

oropel que rescataba del olvido a las copas de los árboles de Central Park. Janet se apeó,

en esa misma esquina. Las correas de sus sandalias de tacón alto le estrangulaban los

tobillos. Sus zapatos…, comprados en una tienda de departamentos de la quinta avenida

de Manhattan -lujosísima, carísima-, con lo último de la moda. Era extraño que algo, en

la meticulosa vida de Janet, no fuese perfecto.

Janet gozaba su forma de vestir. Para ella era esencial un atuendo actualizado, en

términos de lo que las expertas llaman vanguardia, pues una mujer de su talante, con

un altísimo puesto en un banco mundialmente influyente, debía lucir excelente. Su

forma de vestir era una combinación peculiar entre el uniforme de combate de la guerra

corporativa y la femeneidad que siempre había proyectado, con el mismo fin, es decir…

Mientras luchaba con los zapatos miró sus pies, sus pantorrillas, sus rodillas, y reconoció

que todavía era bella, que los años no habían logrado difuminar los rasgos de esa belleza

arrebatadora blanca, pelirroja, que a más de uno quitó el aliento en alguna mesa de

negociación; que a más de uno le orilló a aceptar condiciones terribles en un negocio.

A fin de cuentas, la vanidad le traicionó por un momento, y se dijo, en voz baja, casi

imperceptiblemente, que no estaba nada mal para una mujer de cincuenta y un años que

había decidido apostar por la carrera profesional a toda costa, para quien los sentimientos

no eran más que payasadas que quitaban el tiempo y producían vulnerabilidad ante los

hombres que, como tiburones, buscaban su cabeza para quedarse con su puesto. Ella podí

más y mejor que ellos…

Dentro de sus orgullos se encontraba la dureza con la que negociaba, la frialdad con la

que tomaba decisiones financieras, su habilidad para manipular a los demás y, desde

luego, el temple de acero para no involucrarse sentimentalmente. Mucho habían dicho

de ella en el banco, algunos la calificaban amargada y desdichada, otros la veían como

guerrillera de los derechos de la mujer, según ella los entendía: como una guerra por

el poder, a muerte contra los hombres. Incluso no faltaba quien aseguraba que era una

solterona frustrada, incompleta, porque ni siquiera había sido capaz de encontrar una

pareja.

Janet había reído por años de todas las especulaciones sobre su persona, convencida

que eran producto de la envidia a su brillante carrera, o generadas por los hombres que

no tenían sus méritos, su sueldo, su mente brillante, o su mirada monumental. Después

de divertirse ante cada especulación nueva, y coleccionarla como un trofeo más, Janet

dirigía sus baterías corporativas hacia el autor de tales especulaciones y se le echaba

encima como gata salvaje, para reventarle, fulminante. Era una suerte de deporte

personal, un juego de poder que le permitía -según ella- ajustar las cuentas pendientes.

No obstante, en una esquina transitadísima de Nueva York, mientras ajustaba sus zapatos

rojos y carísimos, sentía algo extraño en su interior. Algo había sucedido desde que el

nuevo becario llegó. Desde que ese chico arrogante de Buenos Aires había demostrado

que era, al menos, igual de bueno que ella pero con menores esfuerzos, así, naturalito, al

tiempo que directa y descaradamente, le repetía lo atractiva que le parecía.

Después de treinta y dos años de buscar la cumbre profesional, con exclusión de todo lo

que no fuera la carrera que eligió -los negocios-; de no permitir un guiño que no tuviese

por objeto un movimiento corporativo, un beneficio laboral; después de todo eso, ese día

había aceptado la invitación a comer del muchacho argentino, quien deliberadamente

evitó cualquier tema de trabajo y, con la cadencia del Merlot, le describió despacio sus

razones para creer en su belleza, para afirmar que sus piernas, sus caderas, sus ojos y sus

labios tenían mucho más que dar que sus actitudes duras de la oficina, que el negocio no

explicaba ningún amanecer, ni la inexplicable felicidad que daba una noche sudorosa de

salsa. En el fondo, Janet sabía porqué le había permitido a un muchachito de veinticinco

años tomarse esas libertades y, mientras terminaba de arreglar sus zapatos de doscientos

dólares, rectificó el desliz y aseguró que se vengaría del pasante atrevido…, -idiota-.

Pero cuando al fin se irguió, sintió una especie espasmo eléctrico que comenzó en el

estómago, recorrió sus treinta y tres vértebras, cruzó por el arco cóncavo que formaban

sus entrañas y ruborizó; el espasmo le produjo una sonrisa involuntaria. Janet reconoció

ante sí misma –nunca lo haría en público- que seguía siendo capaz de vibrar, de

abandonarse a un beso, de gritar ante una caricia bien colocada, como en aquellos añitos

trémulos de la adolecencia que ahora parecían tan lejanos, como de la vida de alguien

más. Rió ahora de manera ostensible, pensando que librándose de su disfraz de perra

corporativa, tendría capacidad de cambiar, de una maldita vez, el destino en el que se

había guarecido para evitar riesgos; la estupidez de que la defensa de la mujer implica

solamente el trabajo y la amargura de pelear contra todo, excluyendo la verdadera causa

de su lucha, la magnífica estructura de encantos y enigmas de los sentimientos, que

combinados con la inteligencia y el éxito, explican el potencial de una mujer que puede

cambiar el mundo de cualquiera, por esa lucha.

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