Alfonso Villalva P.

Seguramente ellos se han cruzado en su camino. En el microbús, a pie, o conduciendo

su vehículo particular. Por avenidas ocupadas o en calles vecinales. Llueva o truene,

revolotean sobre el asfalto. Siempre están allí, aparecen como por arte de magia, sigilosos

al principio hasta que uno reacciona con el volantazo, el freno con violencia o el salto hacia

la banqueta una vez que están encima, rebasando por la orilla, por el hueco.

Con la misma velocidad que aparecen se esfuman entre los coches, haciendo maniobras

circenses entre los pequeños espacios que deja la apretada trama vehicular de nuestra

ciudad. Juraría usted que por ahí no pasan, pero ellos se escurren a toda velocidad,

finalmente ya dominan –o eso creen- la destreza profesional.

Las medidas de seguridad no existen, ni para ellos ni para sus patrones. Para ellos, son

necedades aburridas y poco prácticas, pues las protecciones lucen mejor con un dejo de

abandono en el costado, el casco es más viril levantado, vaya, con estilo, simplemente

sobrepuesto. Para sus patrones, es una cuestión menor, porque al fin están ya asegurados

–los patrones- por responsabilidad civil y contra las reclamaciones de los familiares

ambiciosos que, ante una tragedia, verán la forma de enriquecerse con veinte o treinta

mil pesos, escudados en el argumento de la muerte, las lágrimas rodando por el rostro, la

cuadraplegia o la fractura múltiple.

Se arriesgan en función de la convicción muy nuestra de que las tragedias nunca son para

uno. Ellos lo hacen por unos cuantos pesos y con la esperanza de no incurrir en faltas

para evitar molestos descuentos a su salario: unos porque si no llegan en treinta minutos,

la compañía no le cobra al cliente, sino al repartidor; otros porque tienen que cumplir una

cuota mínima de reparto para conservar la plaza. Todos aspiran a recaudar unas cuantas

monedas de la mano tacaña que recibe una caja caliente y grasosa que ellos celosamente

guardan en bolsas sin lavar con supuestas propiedades térmicas.

Reparten pizzas sintéticas a diestra y siniestra, jugándose la vida en una motocicleta sin

protección, sin más límite que el de su propio destino, sabiendo que cualquier tarde de estas

pueden partirse la crisma y encontrar de frente una muerte violenta, sangrienta y llena de

horror. Su pizza para llevar, y por unos cuantos pesos el patrón lanza al muchacho a un

acto suicida, usted paga el boleto con su compra y ellos danzan entre los coches, a ochenta

por hora, envueltos en el aroma del auténtico gusto italiano.

Twitter: @avp_a

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