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La vi en una gráfica de algún periódico de la semana. Evidentemente,

protagonista en la foto. Atrás, de relleno, entre la tropa. Una de esas mujeres que hemos

hecho plena y deliberadamente olvidables en nuestra frenética modernidad.

Ella, con la boca tan abierta como se podía –tan abierta que revelaba la falta de

mantenimiento en los incisivos superiores-. Arengaba con toda la energía que producía su

robusta figura. Chaparrita, aparentemente, pero dura de facciones; con vestigios de años de

trabajo, de interminables noches de desvelo y muchas horas diarias expuesta al sol;

seguramente cientos de toneladas de ropa, lavada y planchada, en su hoja de servicio; con

surcos en las mejillas contando historias probablemente inenarrables, acumulando tantas

madrugadas sin respuesta.

Como cualquier otra mujer que se ha ganado la vida -o lo que algunos llaman vida por el

simple hecho de subsistir- en esos oficios tan improbables en toda América Latina que, con

mucho arrojo, se ejercen diariamente limpiando baños en Ecuador, vendiendo flores en un

pueblo de Brasil, recogiendo basura en el Perú. Cambiando a veces de país o de ciudad.

Haciendo lo que sea por sobrevivir.

Tenía el pelo corto, casi a cepillo –como cortado a mordidas de burro-, de la forma práctica

en que lo utiliza la mujer que trabaja en actividades físicas de nuestra urbanidad, además de

las domésticas, las propias, vaya, las imprescindibles.

Las raíces de la cabellera denotaban una realidad canosa, muy mal encubierta por el tinte

que emulaba al rubio cenizo, pero que se confundía preferentemente con el tono del oro

viejo, sin pulir. Sus manos gruesas y ásperas –al menos así me parecieron- gesticulaban, y

toscas las levantaba en señal de inminente agresión. Cerraba el puño con fuerza. Gritaba no

sé qué, unida a algún mitin. Quizá vítores para su causa o su supuesto líder que verbalizaba

cínico palabras de justicia, equidad y progreso; quizá solo mentadas de madre a los

industriales, a los funcionarios; quizá en el fondo, a quienes la organizaban. Quizá a usted,

quizá a mi, quizá a una entelequia materializada por la sed de revancha, quizá a la sombra

de los hombres que la lastimaron, a ella, a su madre, a sus hijas. Quizá a los hombres que

no le franquearon el paso a perseguir sus sueños, a alcanzar su potencial… al final, lo único

que pude adivinar en sus ojos, era la necesidad urgente, la tristeza irremediable, la rabia de

la impotencia.

Curiosamente, ella se veía independiente, aguerrida, incansable.  Lucía segura de su

función social y familiar, con la frente en alto, convencida de que todo lo hecho, bien

merecía la pena por cumplir las responsabilidades. Se veía limpia, satisfecha de ser muy

probablemente la única razón de que sus familiares no estuviesen todos descarriados,

desbaratados.

Quizá sería tan dura en cualquier conversación como se proyectaba en la calle.  Una mujer

de trabajo, entera… de pata negra, como esas que en nuestros países hemos sabido producir

-todos incluidos- como bastión de un pueblo desconsolado, resignado a la supervivencia

con el mínimo de oportunidades que otros –los de la sonrisa indeleble, trajes brillosos

cargados al erario y staff multitudinario asignado por una oficina pública- han decidido

otorgarles como moneda de cambio de libertad. Un pueblo que, con esas mujeres de pila

bautismal, desarrolla generaciones de seres humanos que se entregan a cualquier cacique

mesiánico y demagogo, en pos de un descuido de la vida para arrebatarle lo poco que sus

manos hambrientas y desgraciadas alcancen a tomar.

La veía a ella esa mañana y podría asegurar que no había nada, por impronunciable que

fuera, que ella no hiciese por los suyos, con valentía y solidez. La veía mientras revisaba

los periódicos, y entre sorbo y sorbo de café chiapaneco especulaba, viéndola a los ojos, en

un intento por traspasar el papel y llegar a las pupilas negras que se antojaban el espejo de

su ferocidad, de su furia por reivindicarse, de su tenacidad para pervivir.

Especulaba que quizá, mientras ella participaba en el movimiento que la llevaba a la calle a

manifestarse, su marido, o el padre de sus hijos, bien podría estarse emborrachando con el

dinero que ella dejó atrás para los pendientes, para que en su ausencia se enfrentara, de

manera decorosa, el reto de vivir.

Nunca sabré su nombre ni lugar de residencia. Pero no pude menos que hacerle una breve

reverencia a modo de homenaje esa mañana con un sentimiento de curiosa envidia por su

pundonor aparente.

Una mujer así, valiente, merece algún día ganar un combate, sí, merece ganar

eventualmente. Merece que alguien la escuche no solo en su reivindicaciones laborales, o

políticas, sino en sus frustraciones sentimentales, amores y pareceres, que al fin y al cabo,

esa es la metería de la que se alimentan millones de hijos latinoamericanos que, cuando

adultos, se incorporan con ganas de una oportunidad significativa, aunque de antemano

sepan que nacieron perdiéndola.

Imagino que al terminar el mitin, esa mujer tomó sus escasas pertenencias, y con la frente

muy en alto comenzó a andar, de regreso a su lugar de origen, pensando, sin tregua, en su

siguiente combate, en sus obligaciones del día siguiente; sintiendo, quizá sin reconocerlo

plenamente, que ella era una de esas mujeres que engrandecen a nuestros pueblos

latinoamericanos, nuestras razas ancestrales, nuestras mezclas criollas. Las mujeres que nos

salvan, una vez más, de la ignominia, de nuestra patética y diletante modernidad; una de

esas mujeres de bandera que enorgullecen a esos que han parido.

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