Si algo ha caracterizado al papa Francisco es su capacidad para enfrentar los temas sociales más delicados con valentía y sentido humano, sin prudencias acomodaticias ni oportunismos.
Ha salido airoso al declarar con fuerza sobre temas tan peliagudos como la homosexualidad, el aborto o el divorcio, que usualmente dejan políticamente lesionados a los pocos líderes que se atreven a abordarlos.
Como muestra su sinceridad sin concesiones, recientemente fustigó a los empresarios que pagan mal o tratan injustamente a sus empleados, afirmando que cometen un “pecado gravísimo”. A pesar de que evidentemente esto toca profundos intereses, como es usual nadie polemizó al Santo Padre.
A contracorriente de esos episodios, recientemente el Obispo de Roma se ha visto envuelto en una polémica con diversos analistas y con la cancillería de nuestro país, tras mostrar, en una carta privada, su preocupación de que el aumento del tráfico de drogas en su natal Argentina le provoque una “mexicanización”.
El rasgarse las vestiduras por esta expresión del Papa no se ha dejado esperar. Entre las diversas críticas, la más dura ha sido la de la propia cancillería mexicana, que comunicó un encuentro con el nuncio apostólico Christophe Pierre (quien es el equivalente a un embajador del vaticano en nuestro país) y calificó duramente las palabras papales.
Desde la Secretaría de Relaciones Exteriores se manifestó “tristeza y preocupación”; también se anunció que se enviará una nota diplomática al Vaticano y se acusó veladamente al Papa de “estigmatizar” a México.
Lamentablemente, la estigmatización existe porque la violencia existe; no es un asunto de palabras, sino de hechos, hechos como las contundentes y desgarradoras estadísticas de los secuestros, las mal llamadas “ejecuciones” y las horriblemente espectaculares imágenes de la criminalidad que azota diversas regiones del país desde principios del sexenio pasado.
Más que reaccionar airadamente, habría que reconsiderar si lo que se ha expresado es una falsedad o una realidad triste y lamentable. Porque vistas con calma, las palabras del papa Francisco denotan una preocupación por la situación de México que nace del conocimiento cercano que tiene del tema, así como de lo que acertadamente califica como una situación “de terror”.
Criticar este tipo de expresiones, además, tiene el pernicioso efecto de desviar la atención de nuestra dura realidad y de distraernos de la que debe ser la principal tarea de todos los mexicanos, gobernantes y gobernados: colaborar en la construcción de una cultura de paz, no con aspavientos mediáticos, sino con un trabajo humilde, entregado y cívico.

 

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