• Por : Fernando Castillo Pacheco
  • Según me comentaba un amigo español, en la Madre Patria hacen una curiosa comparación en tiempos electorales, misma que termina con un llamado a la responsabilidad electoral. Dicen que  “Los políticos son como una tortuga en un poste. Si vas caminando y ves una tortuga arriba de un poste haciendo equilibrio ¿Qué se te ocurre?: 1) No entenderías cómo llegó ahí. 2) No podrás creer que esté ahí. 3) Sabrás que no pudo haber subido solita ahí. 4) Estarás seguro que no debería estar ahí. Entonces, lo único sensato sería ayudarla a bajar. En las próximas elecciones, tratemos de que ningún animal se suba al poste”.

    Viéndolo fríamente, la comparación es válida también para los políticos mexicanos, y la invitación bien la podríamos aceptar los ciudadanos, de cara al proceso electoral del próximo

    7 de Junio.

    Y es que estando ya en el tercer año de gestión de este gobierno, que marcó el regreso del PRI al poder ejecutivo, somos muchos los mexicanos que, al ver al presidente y su equipo y ver la manera en que actúan, no podemos creer que estén ahí, mientras crece la idea de que ellos no deberían de estar ahí.

    No podemos creer que estén ahí, porque su comportamiento es indigno y ofensivo hacia los ciudadanos. La frivolidad con la que se conducen, es típica de los políticos de poca monta, de naciones bananeras, que buscan llegar al poder en ejercicios democráticos, para darse una vida de realeza.

    Como muestra, vemos la actitud tomada por el presidente de la República, en su reciente visita de Estado a la Gran Bretaña. Una visita en que se opaca la trascendencia de la misma, con la frivolidad de llevar a la familia, cumpliéndoles el sueño de convivir con la realeza, como es el caso de una de las hermanas de la esposa del señor presidente; o la presunción del despilfarro en las actitudes de una de las hijas de la señora, o incluso de esta misma, luciendo vestidos de miles de dólares. Por una parte, si bien el jefe del Estado mexicano requiere de elegancia y de un atuendo adecuado, los excesos en el gasto ponen en entredicho la honestidad en el manejo de los recursos del país, sobre todo por un presidente que nunca ha dejado claro el origen de su fortuna. Al querer ser sofisticados, se comportan como nuevos ricos.

    Por otra parte, el incluir a las cuñadas en sus eventos como jefe de Estado, corrobora que el presidente, se olvida que fue electo en un sistema democrático, y permite que la familia se sienta parte de una nobleza que se forma después de cada periodo electoral, pretendiendo establecer, después de la elección, una aristocracia de seis años.

    La familia del presidente es en extremo frívola y eso le afecta a la imagen del titular del ejecutivo. El hecho de que Paulina Peña utilice como helipuerto un área verde de la Universidad Anáhuac del Norte, causa disgusto, no sólo entre la “prole”, como ella le llama, sino particularmente en la comunidad universitaria.

    Toleramos a una clase gobernante que no debería estar ahí, porque carecen de la capacidad para desempeñar adecuadamente el encargo que se les dió.

    Enrique Peña Nieto, más allá de expresar quejas y de victimizar su gestión, diciéndose incomprendido, no tiene más discurso que el de unas reformas que la mayoría de los mexicanos no hemos visto aterrizar.

    La estructura constitucional y legal que se ha implementado, puede que sea correcta y benéfica en el mediano y largo plazo, pero en realidad, a esta fecha, el gobierno de Peña Nieto no ha construido nada, pues como decía Napoleón III, levantar un andamio, no es edificar.

    El bolsillo de los mexicanos resiente las pifias de un gobierno que, incapaces de reconocer que su planteamiento tiene errores, están empecinados en seguir por un único camino.

    Y es que los tiempos merecen acciones y no lamentos. Mal se ve el presidente Peña Nieto al soltar declaraciones de autocompasión, en el sentido de que no se reconocen la estabilidad social y política del país.

    Los planteamientos del ejecutivo son equivocados. La estabilidad política no se puede juzgar por la transmisión de la presidencia cada seis años, máxime que muy pocas elecciones presidenciales, no han sido cuestionadas. Incluso Enrique Peña Nieto, llegó al poder con la sospecha de la compra de votos y el rebase de los topes de campaña.

    La estabilidad social es algo que durante algún tiempo, se aparentó por el temor a la represión y hoy, esa amenaza que contenía el estallido, parece romperse y lo vemos con el cierre de carreteras, la manifestación y una resistencia civil, no siempre justificable, producto del hartazgo de la sociedad, por la corrupción, la impunidad y la delincuencia que, cada vez lo vemos más, es integrada y consentida por las fuerzas del Estado.

    No puede hablar el presidente de estabilidad social, si nos faltan 22 mil. No habrá estabilidad, mientras el futuro de la ciudadanía no tenga una mejor expectativa. No se puede pensar en un porvenir estable, cuando el gobierno no interviene para mejorar las condiciones económicas. Que el índice de actividad industrial vaya hacia abajo, al igual que la expectativa de crecimiento del PIB, que los especialistas ubican en 3.08% para el 2015, -y apenas estamos en Marzo- son evidencias de un fracaso de las políticas económicas de esta administración.

    No puede hablar el presidente de estabilidad política, cuando retoma viejas mañas para hacer de sus amigos, enviados o agentes en los órganos autónomos y en los otros poderes del Estado.

    La elección de Eduardo Medina Mora como Ministro de la Suprema Corte es preocupante, no sólo porque parece no haber reunido los requisitos constitucionales, sino porque continúa una tendencia, iniciada en la integración del INE, el IFT y la COFECE, de un reparto de posiciones donde el presidente toma todo. El equilibrio de poderes está en serio peligro y este año se tendrán que definir dos posiciones importantísimas para la planeación de políticas y la conducción monetaria, los titulares del INEGI y del Banco de México.

    En lo que sí fue acertado el presidente, fue en lo que declaró ante los empresarios de la CONCAMIN. Efectivamente, transformar a México es una responsabilidad compartida. Estoy seguro de que no hay mexicano que no lo entienda así, la cuestión es que, en este sistema, el rumbo de la transformación lo decide el gobierno, no los ciudadanos y el rumbo que han tomado, no nos está gustando. Sí, están moviendo a México, pero no nos gusta hacia donde lo están moviendo, porque parece que vamos hacia atrás.

    Es absurdo el compartir la responsabilidad con los priístas que, después de doce años, demuestran que no olvidaron nada y que no aprendieron nada.

    El presidente ha demostrado que está dispuesto a cualquier cosa, para tener un congreso a modo en la segunda mitad de su sexenio. Las trampas, que desde ya ha puesto en marcha el partido verde, así como la operación clientelar y corporativista del PRI, son la muestra clara de ello.

    La situación nacional exige una conducción del país, con base en nuevas y buenas ideas. No puede ser que estemos tan jodidos y que sólo tengamos para elegir entre dinosaurios, tucanes y pejelagartos. Si la política se ha convertido en un circo, este año busquemos que nuestro circo, ya no tenga animales.

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