Una vez más quedé atrapado por el tráfico de la Ciudad de México precisamente en esa

esquina chocarrera que a un extremo tiene la efigie de Luis Donaldo Colosio y al otro, un

malogrado y grosero santuario erigido sin derecho ni consideración a las víctimas de

violencia en los años recientes.

 

Agravada la esquina de marras con propaganda de quienes muy sonrientes solicitan un voto

para hacer lo que mejor hacen e impedir que lo hagan los demás competidores en su

detrimento. De todos los colores, descalificando al adversario que, para mayores señas,

hace muy poco tiempo seguramente era ensalzado como parte del otro grupo al que hoy ya

no pertenece pero quizá pertenecerá para la siguiente elección.

 

Allí atrapado y sin salida, en esa comunidad sui generis que nos ubica con esos atascos

automovilísticos, en ciertos momentos del día, muy juntos con otros conciudadanos cuya

humanidad está tan solo a dos palmos de terreno entre un espejo retrovisor y otro, pero

atrincherados con nuestras corazas de acero que nos aíslan de los demás para siempre.

 

Allí estaba, decía, y con la radio, los periódicos y las redes sociales a toda leche reportando

desde Altamira. La balcanización, la colombianización, la iranización… ¡Pero que

arrogantes somos! La mexicanización, digamos la verdad con sus letras, rediviva y en

glorioso tecnicolor, recordándonos que en eso nos hemos convertido desde hace lustros y

lustros, desde que los grupos que se disputan el control de nuestro país decidieron salir a las

calles a ajustar sus cuentas, a pasar físicamente sobre los terrícolas de por acá, a reclutar a

niños para hacer el trabajo sucio -asqueroso- que su perversidad es capaz de desarrollar.

 

Allí estaba ante dos símbolos ignominiosos que cronológicamente marcan dos o hasta tres

generaciones de mexicanos que nos hemos ya hecho a la idea de vivir en presencia de la

sangre, el asesinato cobarde, el arrebato hostil y bélico; la metralla en el costado de mamá y

las venganzas callejeras de las pandillas auspician esta fábrica macabra de viudas,

huérfanos y padres en pena deambulando para encontrar los restos mortales de sus

vástagos.

 

Mexicanización. Y aunque no les guste a los más exquisitos defensores de una ficticia

buena reputación nacional de paz que hace muchos años desapareció, aunque lo utilicen de

discurso soberano quienes degradan impune y soberanamente nuestra esencia más pura en

discursos banqueteros, aunque encabrite a los senadores, diputados y candidatos diversos

que muestran su rechazo al concepto a bordo de vehículos blindados y sin una tumba vacía

que llorar. Aun así.

 

El hombre es un animal de costumbres, repetía el gran Jorge Zamora a manera de resumen

recurrente para explicar la capacidad de los seres humanos para adaptarnos al entorno. La

costumbre se nos está haciendo tener luto permanente por aquí: las muertas de Juárez,

Acteal, Aguas Blancas, Ayotzinapa, Apatzingán, Veracruz, Torreón, Altamira y todo

Tamaulipas… Víctimas en forma de cardenales, maestros, diputados, alcaldes, transeúntes,

candidatos presidenciales, amas de casa, estudiantes, legisladores… Yo no me quiero

acostumbrar así. ¿y tú?

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