A Paola Longoria, una amistad que inspira para siempre

Alguna de esas tardes lluviosas en las que prefieres quedarte atrapado en la mesa que sea de un café

urbano cualquiera, ante la ominosa disyuntiva de salir corriendo por las calles y empaparte de pies a

cabeza. Alguna de esas tardes, te decía, me enfrasqué en una memorable discusión (no por

memorable dejaba de ser bizantina) de la hipotética vida que tendríamos si alguna vez no

hubiésemos torcido la balanza del control de la humanidad al género masculino.

Mi interlocutora era una de esas mujeres a las que les brillan los ojos con la potencia eléctrica de

una mente brillante y equilibrada. Si, charla de construcción de análisis de todo y de potenciales

contenidos literarios. Pero sobre todo, charla de imaginar realidades alternativas.

Y si, a sorbos indiscriminados de varias tazas de expreso fabricado con café de Chiapas,

aniquilábamos en el extremo absurdo la cuestión, con el ejercicio simplista y exagerado de observar

a nuestro alrededor las manifestaciones de Ishtar Ninsuna,

Aurora,

Esa “V” o ángulo agudo en posición vertical que legendariamente representa de manera

criptográfica el origen, el vientre natural del que todos descendemos y cobramos vida para pulular y

oficiar de terrícolas. Lo que para algunos es la Madre Tierra, para otros la bóveda celestial, el Santo

Por todos lados existe. A donde voltees. Y claro que también puede ser un accidente geométrico o

una coincidencia matemática, pero ¿una “V” como símbolo antiquísimo del útero? ¿Del origen de la

vida? ¿De la feminidad? Claro está que en el tono de aquella conversación parecía más una

impresión latente de lo que en realidad somos y algún día dejamos de ser, o dejamos de reconocer.

Una aplicación amateur y citadina de la semiología.

Y es que la lógica de la explicación es incontestable. Dejando de lado cuestiones teológicas o

espirituales. Tú dime, analiza por tu cuenta, mientras sorbes tu café, tu té, o lo que sea que

acostumbres beber por las tardes con tranquilidad.

Quien haya visto la fuerza incontenible que una mujer genera en el momento de parir, esa capacidad

de asimilación del dolor, de generosidad, de amor regalado, lágrimas saladas que funden alegría y

sufrimiento y asertividad para tomar las riendas del proyecto nuevo que nace de sus propias

entrañas. Quien haya visto sus facciones al llegar a la meta, al ganar una batalla, al consolidar un

proyecto, al encabezar una iniciativa, al arengar con sus convicciones, al tocar una vida…

Por distintas razones y muy variadas manifestaciones de la ambición humana, somos el producto de

la acción planeada para dejarle al hombre la conducción hegemónica de nuestros destinos. Así, con

mucho monopolio, con una visión plana, bidimensional de nuestro desarrollo.

Conforme el planeta se puebla con un número inimaginable de personas, conforme nos afianzamos

en vivir en la era digital, conforme la aventura de vivir o al menos gravitar por el mundo se hace

más sofisticada, queda más en claro el craso error de llevar al extremo la falsa lucha entre géneros.

Más allá de lo inaceptable que resulta relegar y desplazar a la mujer de todas y cada una de las

manifestaciones humanas de existencia y civilización, más allá de la injusticia que la representa y

de la grosera negación unilateral de su desarrollo, la única conclusión a la que llegamos en esa tarde

lluviosa de café mi interlocutora y yo, es que hemos confeccionado por cientos de años una de las

más absurdas maneras de limitar nuestra evolución; que hemos perdido oportunidades de oro y

muchísimo de nuestro potencial, al haber traicionado nuestra inteligencia y no haber sabido

combinar de manera equitativa y virtuosa todo lo que puede dar la acción armónicamente

combinada de hombre y mujer. Vaya una especie de sincretismo de géneros que pudiera cambiar al

mundo para siempre. Pues eso…

Twitter: @avillalva_

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