Desde mi trinchera, esa pequeña ventana que me corresponde en esta versión remasterizada de

Mesoamérica de manera exclusiva e indelegable, al menos en un ciento veinte millonésimo para

contemplar, alzar mi voz, disentir, aclarar, conciliar, proponer y defender; desde esa pequeña

ventana, te decía, veo, leo y escucho lo mismo que tú…

Esta oferta política que da cuenta con el tercer lustro del nuevo milenio, esta era que hace quince

años prometía con augurios digitales y de acceso a la información, lo que hasta hoy no ha podido

ser, pero que te llenaba de esperanza, de emoción, al alentar la expectativa de un mejor porvenir en

el Siglo XXI.

Lo sé. Yo veo lo mismo que tú. Esta especie de monologo pulverizado que se materializa en cada

candidato, cada distinguido miembro de cada partido político, en cada disque ciudadano espontáneo

que en realidad, o ya cobra, o quiere cobrar del dividendo que significa que el jefe, el compadre o el

hermano accedan al cargo tan soñado, al fuero tan codiciado, a esa forma perversa y post moderna

de la encomienda que tanto hemos hecho parte de nuestro vivir cotidiano.

Arrebatos. Sí, quizá esa sea la palabra que mejor describa lo que de pronto la gente generaliza y

sintetiza como propuesta de campaña. Ellos dicen que van a ganar -ellos, no nosotros-, así como

quien habla desde la tribuna de la final de la Liga Mx entre Club Santos Laguna y el Querétaro.

Vamos a ganar…, y se regodean en la auto alabanza y complacencia, adjudicándose el mérito de que

tu hayas terminado la prepa, o tu hermano haya conseguido un crédito en el Infonavit, o tu hija haya

parido sin arriesgar su vida o la de su bebé; o ya más claro, que tengas el privilegio de no ser uno

más en la lista de los desaparecidos; que aunque tengas pánico de salir a la calle no hayas sido el

objeto colateral de una disputa guerrillera en plena calle y luz del día que hubiese terminado tus días

de manera vulgar e inconveniente con setecientos gramos de metralla en tus entrañas, y ni siquiera

un “Oiga Usted perdone”…

Se atacan unos a otros con el único objeto de descalificarse para poder ganar. No por un interés

patrio de profesionalidad, transparencia y bien común. Prevalece el que es capaz de hacer más

trampas para lograr exhibir las miserias de sus oponentes, no porque sean distintas a las miserias

propias, sino porque se logra que se oxigenen de manera escandalosa por aquellos comunicadores

que, también, son parte de ese juego que todos aspiran a ganar. Gana, también, el más cínico que

frente a las evidencias es capaz de manipular y transfigurarse en una víctima de proporciones

shakespirianas.

Las generalizaciones absurdas, las violaciones a la ley, la ineptitud de la autoridad electoral –

probablemente deliberada por quien auspicia su existencia, también para ganar-, el uso de los

recursos públicos para crear o desarrollar una imagen personal con el exclusivo objeto, también de

ganar.

Ganar y ganar. Y la discusión interminable del voto nulo y el voto duro y el voto corporativo, que

bien sabemos no nos va a dar más que un tema de conversación para la semana que siga a la

elección porque, a final de cuentas, este negocio de las elecciones oligopólicas solamente nos dan

una certidumbre: no importan los colores del partido ganador, caeremos en la misma trampa que no

nos considera ni incluye a la hora de ganar.

Unos días más. Tan solo unos cuantos días y quizá tú, que vas a hacer el estreno de tu prerrogativa

política de participar por primera vez en una elección, quizá tu que lo has hecho ya en incontables

ocasiones, estés anticipando la llegada de ese día, más como una fecha cierta de alivio a la

sofocante andanada de mensajes, carteles, spots, llamadas, mensajes SMS, etcétera.

La verdad es que pareciera que eso es lo que verdaderamente están esperando muchos como tú y

como yo, que llegue el día para limpiar nuestra bandeja de entrada, nuestra privacidad de la radio en

el coche, de tantos escándalos y slogans triunfalistas machacados hasta en donde ni siquiera

sospechábamos que nos lo podrían machacar. Descansar de escuchar a diario los resultados del

espionaje recíproco que solamente confirma que existe una calaña, y una nada más.

Así es que, sí. Vamos a votar pero como un acto de compromiso para tomar las riendas con nuestras

manos, cambiar nuestra actitud, ejercer nuestros derechos pero también nuestras responsabilidades.

Votar como firma al compromiso de respetar a las instituciones, denunciar pero informarnos.

Respetar, incluir, sumar. Sí. Este 6 de junio podría ser un día inaugural para ese México que tanto

deseas pero que vive de indiferencia y quejas indiscriminadas. Dejar atrás el proverbial a Dios

rogando y con el mazo dando. El México en el que ya no importen los devaneos discursivos de los

candidatos sino la exigencia ciudadana de cumplimiento y de asimilación que el sector público es

solamente una parte de la comunidad a la que, aquél que reciba la mayoría de los votos, está

obligado a servir o a pagar las consecuencias.

Sí. Tú y yo podemos darle un nuevo sentido al voto, una especie de refrendo de nuestros derechos

posesionarios sobre nuestra comunidad, y nuestros derechos de propiedad inalienable sobre la paz,

el progreso, el desarrollo, la educación, la libertad, la equidad, la oportunidad y la justicia. Si,

piénsalo, cuando estés frente a tu boleta, reconoce que en el vientre de la urna electoral, sin ningún

partido de por medio y muy a pesar de ellos, podemos firmar ese futuro para que tu ganes, de una

maldita vez.

Twitter: @avillalva_

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