La guerra de lodo entre los partidos tradicionales se funda en una razón tan sencilla como perversa: lograr que los ciudadanos que no son sus fieles seguidores se alejen de las urnas, optando por la indiferencia que se refleja en el voto nulo.
Afortunadamente, cada vez menos mexicanos han caído en esa proterva trampa. Vemos que la esperanza persiste y que se reconoce que optar por el voto nulo es declararse derrotado de antemano, dar la espalda a los millones de mexicanos que lucharon durante generaciones por el sufragio efectivo e incurrir en un desacato cívico, renunciando a ser ciudadano y limitándose a desempeñar el triste papel de habitante.
Muy por el contrario, el voto de castigo tiene una justificación ética poderosa y sólida: dar una lección a los partidos tradicionales, que no solo desacreditaron la política y pervirtieron al gobierno, sino que además le dieron la espalda a los ciudadanos y traicionaron a nuestra democracia.
Por la corrupción e ineptitud de gobiernos como el de Guerrero y Michoacán en el sur del país, como Jalisco, Puebla y Estado de México en el centro de la República, o como los de Sonora, Tamaulipas y Nuevo León en el norte, México avanza hacia un Estado Fallido. Por ello sería irresponsable y hasta temerario que el próximo 7 de junio los mexicanos volvamos a darles nuestro voto al PRI, al PAN o al PRD, culpables directos de la crisis económica, social y de inseguridad que nos agobia.
Más allá de lealtades ideológicas o partidistas, los ciudadanos de recta intención tienen que ser leales a México y, en congruencia, otorgar su sufragio a los abanderados que mejor representen los anhelos de la comunidad. Se trata de no desperdiciar su sufragio y capitalizarlo para hacer una exigencia de rectificación a los dirigentes y servidores públicos, como primer paso para dignificar la política y detonar el desarrollo integral de la patria.
Porque este 7 de junio los mexicanos tenemos una oportunidad —que puede ser única e irrepetible— de arrebatar el poder a los malos políticos y poner el gobierno en manos de los ciudadanos. Esa oportunidad rectificadora está representada en la boleta electoral por los candidatos independientes y de reconocida probidad que ha postulado el Movimiento Ciudadano.
Decir no al voto nulo y sí al voto de castigo, significa arrebatar el control del poder público a los partidos tradicionales que mantienen al país en crisis. Decir no al voto nulo y sí al voto de castigo, significa refrendar nuestra confianza en la democracia y demostrar que seguimos creyendo en México.

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