Alfonso Villalva P.

Entró con paso firme por la puerta principal.  La señorita que asigna mesas la siguió con

unos ojos de asombro y temor. Le dio alcance y le indicó cuál era su mesa.  Sin embargo,

ella, con la misma expresión autoritaria y prepotente, le hizo un gesto con la barbilla,

indicándole su desagrado, al tiempo que se dirigió exactamente al sitio que se le pegó la

Un mesero comedido se acercó para explicarle que la mesa que estaba ocupando tenía

reserva, a lo que ella respondió con frialdad volteando la cara para el lado contrario. Tras de

sí venía una chamaquita que seguramente no pasaba de los quince, arreglada muy al estilo

de la Pintarrajeada de Vicente Leñero.  Concluí, sin fundamentos, que era su hija o su

protegida, aun cuando ella no le dirigía la palabra.

Los meseros y la señorita hostess se conformaron con el atropello y regresaron a sus

ocupaciones y ella les observó mientras se retiraban con un aire de triunfo inexplicable.

Desde luego que la edad era patente en las arrugas que se entrecruzaban en

la circunvalación de los ojos, y que resultaban evidentes a pesar de las ostensibles capas de

maquillaje oscuro y de mala calidad que se extendía por su rostro moreno y cacarizo. Su

traje sastre, aunque poco apropiado para estos tiempos de calor,  y sobre todo fuera de todo

contexto de la moda –al menos lo que yo entiendo de ella-, se ceñía a sus carnes

abundantes, mientras destellaban al ritmo de sus movimientos, pequeñas partículas de

lentejuela bordadas en la sisa.

Todo el número cautivó mi atención mientras yo esperaba ocioso en la mesa de al lado.

Aunque silenciosos, su acto de atropello, violación del orden y sobre todo, vejación a los

muchachos que cumplían con sus obligaciones en el restaurante, resultaba verdaderamente

molestos.  Qué cambio ni que leches -pensé-, porque mientras éste tipo de energúmenos de

peso welter circulen libremente en una sociedad, estamos listos para el fracaso, para la

ignominia, para ser gobernados por el primero que se pare enfrente.

Pero la vida salda cuentas de manera sabia y, a veces, automática, y no pasaron más de

cinco minutos –yo no le quitaba la vista de encima-, para que pudiera comprender mucho

de lo que allí veía. Este desprecio por los que aparentemente eran menos que ella, ese

disfraz de cortesana de los cuarentas con el que traía a la presunta hija, esa seguridad con la

que chasqueó la lengua para demandar se le sirviera un tequila blanco de inmediato, se

transformó cuando sus ojos encontraron una mesa distante de dos jóvenes aparentemente

universitarios que, sonrientes y frescos, esperaban ansiosos el arribo de sus compañeros.

La soberbia primero se transformó en rencor en esos ojos marchitos que parecían

totalmente secos, incapaces de lagrimar.  Luego…, luego pude observar una tristeza

profunda que no pudo contener. Quizá fue solamente un instante, un momento fugaz de

debilidad, pero suficiente para decir más que mil palabras de lo que quizá había sido una

juventud frustrada, o quizá descarriada, o quizá corrompida –como la de la presunta hija-

contrastante inexorablemente con una vida amargosa, enfundada en una figura regordeta y

contrahecha, absurdamente centrada en el dinero –aunque parecía que también en ese

departamento había fallado-.

Rompió el contacto con la imagen de los jóvenes del fondo, y dejó caer los párpados

dramáticamente, con una lentitud asombrosa, mientras giraba la cabeza para echar, ahora,

una ojeada a la niña desproporcionadamente maquillada que ocupaba su derecha. En ese

momento, llegaron dos individuos acompañados por una mujer aún más sospechosa e

intercambiaron cariñosos saludos y risotadas de un estilo seductoramente vulgar. Se le

ordenó a la niña levantarse y dar un giro de trescientos sesenta grados para que los recién

llegados pudieran ver descaradamente sus formas escasamente cubiertas por un atuendo

Hubiera sido un abuso tratar de oír su conversación –que lucía por demás inatractiva-, pero

por sus formas y actitudes se podía observar el dominio que esta tía poseía sobre sus

contertulios.  Ya después, me ocupé de lo mío, llegaron las personas que esperaba y perdí la

atención.  A la salida, de reojo registré que ellos seguían derrochando soeces carcajadas

mientras la niña pintada abría sus ojitos en señal de atención.

Y me quedé meditando, mientras esperaba mi coche, acerca del futuro de la

adolescente que acababa de ver, acerca de la recurrencia de casos como este en el que,

después de darnos golpes de pecho patrióticos, salimos a la calle a arrebatar lo que sea, aun

cuando sepamos que no nos corresponde, atropellando la dignidad de otros que tratan de

ganarse la vida con dignidad pero que quizá, coyunturalmente, tienen una posición

incómoda para exigir respeto, para defender lo suyo.  Me quedé pensando, ya enchilado,

que con mujeres como esa, ya hemos perdido más de una generación.

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