José Luis Camacho Acevedo.

Cuando cubrí para El Economista la última campaña de Felipe González en

busca de su reelección al frente del gobierno español, campaña que por

cierto el sevillano ganó; tuve la oportunidad de hacerle una breve entrevista

en el Centro de convenciones Joan Miró de Madrid después de su victoria.

Gracias al influyente periodista Pachis la Rosa (entrañable amigo a quien sigo

visitando cuando puedo y con quien tengo comunicación frecuentemente) y

que fue un felipista activo y constante en sus comentarios durante la

mencionada campaña de González, era por lo tanto de los comunicadores

que más escuchaba el triunfador político, que lidereaba también el PSOE en

aquellos tiempos, y así salvé la barrera de los corresponsales extranjeros que

esperaban la entrevista con el electo.

Pachis le dijo al jefe de ayudantes del presidente del gobierno, a quien

conocía muy bien: El señor viene desde México y tiene prometida una breve

entrevista.

Y me saqué la lotería y de pronto me vi ante aquel imponente político que

lucía alegre pero sereno, satisfecho pero demostrando una gran madurez.

Tres preguntas breves y tres respuestas breves:

JLCA: ¿Qué viene después de este triunfo?

FG: Ajustes sobre lo que no viene funcionando bien. Los ajustes calificarán el

escenario futuro de esta nueva etapa.

JLCA: ¿Hará un nuevo pacto con Izquierda Unida?

FG: Cambian condiciones y contextos. Negociar es el arte primordial de un

político. Sin acuerdos no avanza. Pero hay que ampliar el espectro de las

negociaciones. Las que demanden la estabilidad y el crecimiento de España.

JLCA: ¿Avanzará en su relación con la Unión Europea?

FG: Logramos entrar. No saldremos salvo que el interés del país lo imponga.

Publiqué algunos conceptos por lo breve del encuentro en una columna en la

que analicé los escenarios del futuro español después del triunfo de

González.

Hoy recuerdo aquel fugaz, pero imborrable encuentro, con quien yo

considero una de las figuras claves del socialismo moderno.

Y lo recuerdo a la luz de los resultados que arrojaron las elecciones del

domingo pasado y lo que representarán para México y para Enrique Peña

Nieto en los siguientes tres años y medio de su gobierno.

Las protestas poselectorales se seguirán presentando pero no alterarán los

números totales del resultado de las elecciones.

Son parte del juego democrático.

Pero Peña Nieto tiene todo para hacer ajustes, nuevos acuerdos y tomar

nuevas decisiones después de su triunfo político y social del domingo pasado.

1.- Los que apostaron a que no se celebrarían las elecciones, fallaron.

Los comicios fueron celebrados en sin incidentes en un 98%

aproximadamente del territorio nacional.

2.- Los que auguraban unas elecciones llenas de violencia también fallaron.

Los incidentes de protesta poselectoral violenta son, hasta ahora, menos de

los que se esperaba en Michoacán, Guerrero y Oaxaca.

Y se han trasladado a lugares como Colima, San Luis Potosí y el Distrito

Federal.

3.- El identificado grupo de malquerientes del peñismo que decían que

tendrían un voto de castigo y perderían la mayoría en el congreso y en las

elecciones estatales donde se cambió gobernador, igualmente que en los dos

anteriores supuestos, también fallaron.

El PRI y sus aliados le prefiguran al partido gobernante una mayoría más

amplia que la que tiene actualmente en la cámara de diputados.

La votación intermedia superó en afluencia a las tres últimas celebradas.

Los cambios en la correlación de fuerzas políticas nacionales son a favor del

peñismo.

Salvo el caso del crecimiento de MORENA, que resultó ciertamente

inesperado, los demás partidos quedaron disminuidos.

El PAN bajó sus números de manera gravísima; el PRD está en extinción y

Movimiento Ciudadano seguirá siendo un enigma hasta que Enrique Alfaro

decida si quiere repetir como candidato a la alcaldía de Guadalajara en una

reelección o de plano ser aspirante a la presidencia de la república por la ya

más rentable figura de “candidato independiente”.

Peña Nieto regresa. Puede realizar ajustes dentro de su gabinete y también

en su relación con los poderes fácticos o los grupos de presión.

También, una vez finalizado el episodio del Pacto por México, el presidente

puede convocar a nuevos acuerdos y a nuevos actores a las grandes tomas de

decisiones nacionales.

Y finalmente Peña Nieto ya puede oficiar solo la sucesión presidencial por su

triunfo del domingo pasado.

Con lo anterior no estoy diciendo que no pasó nada y que las elecciones del 7

de junio pasado fueron un ejemplo mundial de limpieza.

Lo que es innegable fue que Peña Nieto ganó en la medida de que pavimentó

el camino de su segundo trienio manteniendo su poder intocado.

Habrá, seguramente, problemas y volverán a presentarse los imponderables

que sacudirán áreas y eventos del gobierno federal.

Pero Peña Nieto mantiene una conducción política irrefutable.

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