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Nada tiene de especial un espejo, sobre todo cuando no cuenta con estuche de carey, de

piel o plata, o al menos, el sello de manufactura de algún emblemático diseñador. Nada

puede representar un maldito trozo de vidrio de formas irregulares, rodeado por muescas

multiformes. Nada. Con menor razón cuando solamente sirve para seguir contemplando

el reflejo de una cara de idiota, de imbécil; demacrada, desteñida. Una cara que asoma

estúpidamente en búsqueda de sentido, de coherencia; que quisiera, de tanto asomar, que

aparezca alguna respuesta o, al menos, una cara menos hostil.

Rosalba lo comprende -con un sentido racional escalofriante-, pero está desvinculada de

su absurdo y permanente apretón de mano al trozo de espejo, que parece haber

conseguido una adherencia sobrenatural a su piel. Sin ninguna conciencia de su función

motriz, Rosalba Martínez Tapia flota en un estupor irreal. Su cuerpo menudo cubierto por

un manto de piel blanca -prácticamente transparente-, se desliza con languidez al ritmo

que marcan unos pies desorientados que comienzan a andar por sí mismos. Sin destino,

sin reacciones conscientes, desciende los peldaños en los que desemboca la salida de la

unidad de especialidades y medicina interna, y camina lentamente en un trance

incomprensible hacia el centro de Veracruz.

Sin apreciar las horas que transcurren durante su deambular, su cuerpo exuda

desconsuelo, dolor, fracaso, impotencia. Su cuerpo expulsa su rabia en grandes gotas de

sudor que reaccionan al bochorno del Puerto, a la fiebre emocional. Gotas ardientes que

queman la piel mientras recorren de extremo a extremo, su feminidad marchita. Al doblar

por la calle Independencia, como un relámpago recuerda su sonrisa, la de él: cálida,

seductora. Recuerda precisamente el día en que la convenció -antes de ser diagnosticado-.

Sí, que establecieran un domicilio común para vivir un romance permanente, que tomaran

el riesgo de compartir sus vidas frente a la mar, usándola como testigo de su pasión

irrefrenable. Recuerda Rosalba el día en que él le regaló su primer colección de Neruda

como prenda al compromiso de entregarse a la intensidad de vivir sin ataduras, sin

paradigma.

Rosalba parece desfallecer, tropieza con un globero sonriente en los portales, y se recarga

con la mano derecha en una columna del antiguo Diligencias. Ella no lo nota, pero los

dedos comienzan a sangrar, las muescas del espejo desfloran la suavidad de su piel, como

un signo representativo de su desgracia. Los parroquianos la miran con desprecio, la

toman por junkie, por borracha, muy ajenos al derrumbe de sus sentimientos, a la tragedia

de su alma.

Como puede, Rosalba Martínez Tapia yergue sus veintisiete años y recupera la vertical.

Sus pies la conducen nuevamente, la guían, la jalan, hasta que por primera vez en esa

tarde, sus ojos atisban la mar, esa vieja cómplice que de lo único que le puede servir

ahora es como un recordatorio de su pequeñez ante la muerte, de su inmovilidad ante las

cosas que no puede cambiar.

Con algunos esfuerzos, Rosalba trepa al muro de balaustras que adorna el perímetro del

Malecón nuevo en el Puerto de Veracruz. Vacila un poco, pero consigue mantener el

equilibrio y ofrece su rostro suave a la brisa del norte que comienza a incrementar su

intensidad. Rosalba casi puede adivinar el sabor salado del levante que reconforta, que

desahoga.

Hay muchas formas de morir…, y Rosalba lo sabe. Él, su príncipe viajero, su caballero

audaz, su marino aventurero, tuvo la maldita suerte de tropezarse con el bicho,

impensable en un atleta, en un jovial y emprendedor escultor que en su efímera existencia

no probó el alcohol, no tocó las drogas, no acarició siquiera la nicotina. Pero la vida es

así, y en un arranque de pasión -sabrá Dios dónde y cuándo-, se entregó a alguna mujer

seropositiva. ¡Carajo!, no supo ni quién, pero el bicho, como lapa se alojó en la sangre.

Progresivamente perdió peso. Un día desmayó y Rosalba le llevó al médico. Entonces

vino el diagnóstico y comenzó una muerte lenta, dolorosa. Una agonía de meses que le

amarró las últimas semanas a esa cama de hospital de mierda en la que se consumió para

siempre.

Hay muchas formas de morir, dice Rosalba. Se lo dice a la mar, con voz suave, casi

cariñosa, mientras acerca el espejo a su nariz para comprobar su respiración, tal como lo

hizo con él -con ese mismo espejo- unas horas antes; tal como lo hará durante cada día de

los últimos tres meses que el inmundo contagio le permitirá vivir.

Twitter: @avillalva_

columnasv@hotmail.com

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