En la opinión de  José Luis Camacho Acevedo.

El evento que celebró el PRI el sábado pasado estaba anunciado como una evaluación de tres años de gobierno del presidente Peña Nieto.

No hubo una evaluación realmente autocrítica, la oportunidad era inmejorable para hacerla, y consecuentemente la celebración se perdió en discursos políticos con verdades a medias de la dirigencia priísta.

Los resultados fueron en el mejor de los casos pobres, si no es que se les califica de lamentables.

El presidente del PRI que ya se va, César Camacho, lanzó el canto del cisne y trató de hacer esa “autocrítica” demanda por la sociedad, reconociendo que estos no son los mejores tiempos que vive el gobierno de Peña Nieto.

El resto de los pronunciamientos que hizo el dirigente nacional priísta fueron únicamente lo que se llama “más de lo mismo”.

Por ello lo que rescataron los medios y los analistas políticos de ese evento fue la declaración-advertencia del presidente Peña Nieto en el sentido de que “éste no es tiempo de proyectos personales”.

Tomaron después, los analistas y los medios, como un retrato hablado de Aurelio Nuño como nuevo prototipo del priísta que reclaman los nuevos tiempos.

Peña Dijo que el nuevo líder, sea de su partido o sea su candidato presidencial, deberá ser alguien que busque nuevamente a los segmentos más informados e independientes del segmento poblacional ubicado entre los 18 y 35 años, con capacidad de ser interlocutor de los universitarios, estar al día en la atención y comportamiento de las redes sociales.

Ciertamente el jefe de la oficina de Los Pinos es un cuadro peñista que puede incursionar en los ámbitos universitarios toda vez que no carga en su curricula con manchas de fraudes electorales, de corrupciones descubiertas y efectivamente ha demostrado una sensibilidad muy aceptable para estar pendiente de los mensajes que manda el mundo digital a través de las redes sociales.

Esta segunda lectura del discurso de Peña Nieto en el PRI ya se puede ir ubicando en su diseño para conducir la sucesión presidencial 2018.

En relación al fenómeno social y político en que se ha convertido en México la sucesión presidencial, los mandatarios surgidos del sistema político mexicano, considerado éste como un producto de la postrevolución de 1910, suelen en ocasiones “engañar con la verdad”.

Peña Nieto dejó quietos los proyectos personales de Videgaray, Beltrones, Osorio, Meade y Enrique Martínez, que son de sus hombres cercanos los que ofrecen un perfil medianamente competitivo en unas elecciones como las del 2018.

Unos comicios en los que seguramente las urnas cobrarán fracturas de la corrupción y la ineficiencia demostrada en casos como de las claridosas y espeluznantes cifras del CONEVAL sobre la pobreza creciente en los dos primeros años del sexenio peñista, OHL y sus proyectos de cobrar más en las casetas que le fueron otorgadas o la fuga de El Chapo Guzmán.

Un repaso de las más recordadas conducciones presidenciales de la sucesión puede ser la siguiente aproximación de esos hechos:

López Portillo engañó con la verdad al mostrar siempre como su favorito a Miguel de la Madrid. Lo cubrió del fuego amigo cuando mandó a dirigir al PRI a Javier García Paniagua, que era el favorito de las poderosas hermanas del presidente.

El engaño de Luis Echeverría con Mario Moya Palencia fue cobijado en el multidestape que realizó el tabasqueño Leandro Rovirosa Wade cuando pronunció los nombres, además del de Moya, los de López Portillo, a Augusto Gómez Villanueva, Porfirio Muñoz Ledo, Hugo Cervantes del Río entre los más recordados de aquella caballada.

Carlos Salinas quiso proteger a Colosio con las posibilidades presidenciales de Manuel Camacho, Ernesto Zedillo, Pedro Aspe, entre los que fueron de verdad posibles suplentes del sonorense.

Falló, le asesinaron a Colosio en medio de la rebeldía y sabotaje de Manuel Camacho y la sucesión se convirtió en uno de los episodios de ese corte más sangrientos cuando también fue ultimado José Francisco Ruíz Massieu, inminente pastor de los diputados y perfilado para ocupar la secretaría de gobernación con Zedillo.

Zedillo pintó su raya de una manera imprudente con el PRI cuando habló de la sana distancia.

No era entonces un político conocedor de las buenas y malas artes de esa actividad.

Y tampoco fue reconocido como un militante distinguido por los colosistas en desgracia.

Después de su deslinde improductivo del PRI, Zedillo realizó varios intentos por regresar al ánimo de los priístas duros y no lo logró.

Se definió finalmente por Francisco Labastida, que hoy por hoy se ha convertido en el priísta con más capacidad de convocatoria por su actitud institucional, pero no supo desde la presidencia hacer ganar a su candidato.

El sábado pasado Peña Nieto empezó su engaño en el azaroso camino de la sucesión presidencial.

Puso quietos a varios y destapó un perfil que si ahora recae fundamentalmente en Aurelio Nuño, representante de la nueva generación y que en dos años es un cuadro que puede crecer mucho, define una búsqueda de candidato peñista de un corte explicablemente generacional.

Lo más claro es que, a diferencia de Zedillo y Salinas, Peña Nieto sí jugará la sucesión defendiendo a quien elija.

El mensaje del presidente el sábado pasado se puede leer como que SU CANDIDATO NO ESTABA entre los OCUPANTES DE la primera fila de esa triste reunión.

¿Está Peña Nieto engañando con la verdad y finalmente elegirá a algunos de los que de momento sintieron canceladas sus aspiraciones cuando el jefe real del PRI esbozó el perfil de su sucesor?

¿O estará engañando con la verdad, así ocurre en política aunque parezca un contrasentido, y su delfín tendrá el perfil que reclama una sociedad que, como apunta Denisse Mearker en su columna de Ayer en El Universal, no encuentra opciones ganadoras en la oposición, una sociedad que ya se cansó de ver las mismas caras en las boletas electorales?

Lo cierto es que, a pesar de la inocua celebración de los tres años peñistas en el PRI, todo indica que la función de la sucesión presidencial ya comenzó.

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