El conocimiento científico sobre la lluvia de estrellas no anula su poesía

Cuentan que el poeta británico John Keats —quizá no demasiado en serio— acusaba a Isaac Newton de haber destruido la poesía del arcoiris “al reducirlo a los colores prismáticos”. La ciencia, al explicarlo, había echado a perder la belleza de aquel fenómeno misterioso que iluminaba el cielo después de una tormenta. Este fin de semana, en las noches del sábado 11 y el domingo 12, se podrá disfrutar de uno de estos espectáculos que ofrece la naturaleza y discutir si el conocimiento sobre su origen aumenta o disminuye el placer de su observación

La lluvia de estrellas de las Perseidas provocará en esos dos días de máxima intensidad entre 60 y 70 fogonazos por minuto, poco si se compara con los máximos de 200 que ha llegado a alcanzar, pero con un brillo que se percibirá vivo al estar la luna en fase nueva. Las Perseidas, bautizadas así porque parecen proceder del lugar que ocupa la constelación de Perseo en el firmamento, ya aparecen registradas en los anales chinos de hace 2.000 años. Durante la Edad Media, en Europa, se las empezó a conocer como las lágrimas de San Lorenzo, un diácono que, según la leyenda, fue asado vivo en una parrilla en el siglo III y al que se celebra el 10 de agosto.

Durante siglos, se ofrecieron todo tipo de explicaciones mitológicas para las lluvias de estrellas. Una de las más famosas es la que hace referencia al truco de Zeus para procrear con la ninfa Dánae. Para acceder a la torre en la que permanecía encerrada, el principal dios del Olimpo se transformó en lluvia dorada —como las estrellas fugaces— y se coló para dejarla embarazada. El fruto de esa relación fue Perseo.

El interés científico que nos llevó más allá del mito se intensificó en el siglo XIX, en particular después de una rara lluvia torrencial de estrellas en noviembre de 1833. Según recuerda Montserrat Villar, investigadora del Centro de Astrobiología (CSIC/INTA) de Madrid, ese año, las Leónidas se contaron por decenas de miles cada hora. Tres décadas después, entre 1864 y 1866, el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli, famoso por sus observaciones de los “canales” de Marte, identificó el origen de las Perseidas.

La causa de la precipitación luminosa veraniega estaba en la cola del cometa Swift-Tuttle. Cada vez que su trayectoria le lleva demasiado cerca del Sol, ese objeto, que con 27 kilómetros de diámetro es el mayor de los que pasan regularmente por las inmediaciones de nuestro planeta, siembra parte de su órbita de residuos desprendidos por las altas temperaturas. Después, cuando la Tierra transita esa zona, todos los años alrededor del día de San Lorenzo, aquellas partículas suspendidas se ponen incandescentes por la fricción al entrar en la atmósfera a más de 200.000 kilómetros por hora y producen estrellas fugaces.

Con más o menos conocimiento sobre lo que las generaba, las Perseidas han tenido interés para los artistas de todas las épocas. Villar pone como ejemplo las ilustraciones del Kometenbuch, un libro del siglo XVI dedicado a los cometas. En ellas, como en muchas representaciones de distintos periodos, hay una reinterpretación de lo que se percibe a simple vista, porque se muestran “docenas de meteoros iluminando la noche al mismo tiempo”, algo que “no es lo habitual en la naturaleza”. En otra de estas ilustraciones (Fig. 1), publicada en 1882 por Étienne Léopold Trouvelot a partir de sus propias observaciones astronómicas, siguen mezclándose observaciones reales, como el cambio de brillos y colores de las estrellas que también se ve en el cielo, con cambios bruscos de dirección “que no se observan en una lluvia”, comenta Villar. Estos científicos artistas compartían además su asombro ante la observación de la lluvia de estrellas, como hacía James Nisbet en 1896, cuando hablaba de su impresión al “contemplar un espectáculo que, aunque recuerda los fuegos artificiales, se produce en absoluto silencio”.

Para ellos no había un conflicto entre el conocimiento científico y la poesía, una opinión que comparte el escritor Luis Landero. “La ciencia sí entra en conflicto con el pensamiento mítico o religioso, pero no con la poesía”, señala. “El conocimiento poético es intuitivo, nace del corazón del hombre y se nutre del misterio de las cosas, de la emoción y del asombro”. “Ya lo decía Cervantes: ‘Saber sentir es saber decir’. En el caso de la lluvia de estrellas, conocer y sentir no se anulan entre sí”, añade. Desde el punto de vista de Landero, la precisión que aporta la ciencia a la aproximación al conocimiento del mundo que nos rodea “es un logro estético de primer orden” y “el descubrimiento de la naturaleza y las causas de una estrella fugaz no la descataloga como objeto poético. Al contrario, puede ser un motivo más de inspiración”. “En todo esto, las reglas las pone la imaginación del poeta”, concluye.

Giovanni Schiaparelli descubrió que la lluvia de estrellas se producía cuando la Tierra atravesaba los restos de un cometa
El poeta Juan Carlos Mestre recoge la afirmación de Keats sobre Newton y afirma que la obstinación poética del joven autor de Oda a un ruiseñor era “unir belleza y verdad, realidad física y conocimiento simbólico, el lenguaje como lectura moral desde el corazón mismo de la Tierra”. “Lejos de destruir el mito de la remota alianza —continúa Mestre— lo amplía, pues es el acúmulo de lecturas y superposiciones críticas lo que construye el sentido último de la exterioridad y la visión sin retorno de las aproximaciones al futuro”.

En opinión del literato castellanoleonés, “la poesía contemporánea está hoy más cerca de la física cuántica y la neurobiología de vanguardia que de la lingüística y, por supuesto, de toda esa otra chatarrería retórica en que se ha convertido la perceptiva literaria”. Sobre la posibilidad de que la ciencia rompa el misterio de un fenómeno como las Perseidas, afirma que “no es el desconocimiento de algo lo que nos aproxima al misterio, sino la cercanía al misterio lo que nos hace tomar más clara conciencia de la realidad”. “También la poesía averigua nuestro lugar en el mundo con la no menos científica facultad de la imaginación: la astronomía del lenguaje”. Y concluye: “A un grado superior de conocimiento corresponde una mayor capacidad de revelación, lo que todo poema, cuando lo es, descubre entre las semejanzas imperceptibles del ser y del cosmos”.

Fuente_ElPaís

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