Ginkgo Bioworks: hacer realidad la ciencia ficción

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Los camiones resuenan más allá del muelle seco. Una terminal de contenedores de envío de FedEx se alza hacia el sur, mientras que Coastal Cement Corporación ancla la calle. Dentro del edificio número 27, el CEO de Ginkgo Bioworks, Jason Kelly, y sus cuatro cofundadores, están trabajando en una visión industrial diferente, una en la que la biología es el núcleo. Este quinteto de “Frankensteins” modernos diseña, modifica y fabrica organismos para hacer que los procesos industriales existentes sean más baratos y que los nuevos que se generen sean posibles.

Son cosas embriagantes. La fertilización del maíz generalmente requiere rociar hectáreas de tierras de cultivo con un estofado de químicos desagradables. Ginkgo está trabajando en recubrimientos de bioingeniería no dañinos para el medioambiente, para las semillas de maíz que se fertilizarán a sí mismas. Hoy en día, la mayoría de los fármacos biotecnológicos son proteínas no vivas. Ginkgo está trabajando en la creación de criaturas vivientes, genéticamente programadas para buscar y destruir enfermedades (que serían ingeridas en su totalidad). La carne falsa sabe asquerosa: Ginkgo promete hacer que sepa mejor.

Y eso es sólo el comienzo. Recientemente, Ginkgo recreó el aroma de un hibisco hawaiano extinto, borrando la línea entre lo que está vivo y lo que está muerto. Kelly cree que su compañía impulsará un futuro de ciencia ficción donde los árboles crecerán naturalmente en forma de mesas, las algas marinas se convertirán en asientos de automóviles y los teléfonos inteligentes se repararán con unas gotas de azúcar. Es un largo camino por recorrer, pero casi 11 años después de fundar Ginkgo, “es un poco más fácil hablar de esto y no sonar como si estuvieras loco”, dice Kelly.

Éstos son tiempos emocionantes para compañías como Ginkgo (llamada así por un árbol de la era de los dinosaurios, que es un fósil viviente), que trabajan en el campo emergente de la biología sintética. Impulsados por los avances tecnológicos y económicos, en particular, por el desplome del costo de la secuenciación del ADN y el desarrollo de una herramienta de edición de genes de precisión, llamada Crispr, los emprendedores están ansiosos por fundar este tipo de compañías.

Hoy, más de 600 empresas trabajan en el espacio, según SynBioBeta, una firma con sede en Pleasant Hill, California, que alberga el principal conjunto de la industria y mantiene una base de datos de compañías de biología sintética. Y ese universo está creciendo a una tasa de 5% a 10% cada año, a medida que el dinero se vierte en estas empresas, incluyendo 3,800 mdd tan sólo el año pasado, según el fundador de SynBioBeta, John Cumbers. La promesa del campo no es sólo la proliferación de nuevos productos, sino también una reducción del daño ambiental que proviene de nuestra fuerte dependencia de los productos petroquímicos.

Estas nuevas empresas abarcan toda la gama de venta de moléculas de ADN, que son los componentes básicos de vida para las firmas de consumo de alto perfil. La nueva empresa de hamburguesas de origen vegetal, Beyond Meat, salió a bolsa en mayo y ahora vale casi 10,000 mdd. Su competidor de biología sintética Impossible Foods, es un unicornio respaldado por una compañía que recientemente comenzó a vender las hamburguesas Impossible Whoppers nada menos que al gigante de comida rápida, Burger King. Bolt Threads, valuada en 700 mdd, fabrica seda de araña con base biológica para uso en textiles y cuidado de la piel. En el otro extremo del espectro, Twist Bioscience, el principal vendedor de ADN sintético (que cuenta con Ginkgo como su cliente más importante), salió a bolsa el año pasado y ahora tiene una capitalización de mercado de casi 1,000 mdd.

Ginkgo es el líder en ingeniería de organismos. “Ginkgo es la definición de la categoría”, dice Cumbers, quien conoció a Kelly cuando ambos estudiaban el doctorado. Cumbers lo hizo en la Universidad de Brown, y Kelly, en el Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT). “Ellos, prácticamente, crearon toda la idea de que el organismo es un producto”.

Fundada por Kelly, el ex profesor del MIT Tom Knight, y otros tres doctores en Filosofía de esta institución (Reshma Shetty, Barry Canton y Austin Che), hoy Ginkgo ha ganado un lugar en fragancias, agricultura, alimentos, terapia y cannabis con unas dos docenas de clientes y 50 proyectos activos de ingeniería. Ginkgo no crea ninguno de estos productos, pero, al usar el análisis de datos y la robótica para acelerar el proceso de descubrimiento y creación de nuevos organismos, Ginkgo estará en su núcleo. Los ingresos del año pasado alcanzaron unos 40 mdd, duplicando los del año anterior; y se espera que vuelvan a duplicarse este año.

La mayor apuesta de Ginkgo es un enfoque de cartera, inspirado, en parte, por la asistencia de Kelly, el año pasado, a la reunión anual de accionistas de Warren Buffett, en Berkshire Hathaway. Ahora, Ginkgo crea e invierte en compañías, incluido el especialista en proteínas alternativas Motif Ingredients, del cual Ginkgo se separó recientemente, y Joyn Bio, su empresa agrícola en sociedad con Bayer. “Así es como estamos haciendo que el negocio escale”, dice Kelly. “Es un Berkshire para biotecnología”.

Una grande e inteligente cantidad de dinero se apuesta en Ginkgo. Como exalumno de la lista de las próximas startups multimillonarias de Forbes, Ginkgo ha recaudado más de 400 mdd de los inversionistas, que incluyen las inversiones en cascada de Bill Gates, Viking Global y General Atlantic. A diciembre de 2017, fue valuada en 1,400 mdd. Más de una década después de la fundación de Ginkgo, Kelly y sus cofundadores siguen trabajando allí y han retenido participaciones en la compañía, que Forbes estima en más de 100 mdd cada una. Kelly cree que él, eventualmente, llevará Ginkgo al público, pero no tiene prisa. Después de todo, la biología sintética está en apogeo y hay mucho capital privado disponible. “La biología es programable, pero no procesa información, sino que construye cosas”, dice Kelly, quien lleva una libreta con una etiqueta en la que se lee: “Yo (dibujo de un corazón) GMOs (Organismos Modificados Genéticamente, en español)”. Y dice: “Alimentos, vivienda, materiales, electrónica… todo se verá afectado por la biología”.

Jason Kelly, de 38 años, creció en Jupiter, Florida, una pequeña ciudad de playa cerca de la isla de Júpiter, una isla barrera ultra rica, hogar del famoso golfista Tiger Woods. Jupiter era una comunidad tranquila durante la infancia de Kelly, pero, desde entonces, se ha hecho de una reputación infame, y se le señala como la ubicación del salón de masajes Orchids of Asia, donde el dueño del equipo de futbol americano New England Patriots, Robert Kraft, presuntamente solicitó servicios de prostitución. Los padres de Kelly, ambos farmacéuticos, se mudaron a Júpiter en la década de 1970 para escapar del frío del norte y porque la zona, con su población que envejecía rápidamente, estaba ofreciendo empleos.

En la escuela secundaria, Kelly estaba entusiasmado con el potencial de la ingeniería genética. “Debe haber, al menos, alguna semilla sembrada por Jurassic Park”, dice ahora, refiriéndose a la película de Steven Spielberg, que trata del uso de ADN fósil para resucitar dinosaurios. Hizo un proyecto escolar sobre Herceptin, un anticuerpo de ingeniería genética que se usa para tratar el cáncer de mama, y lo cautivó la idea de que se podía programar una célula como una computadora. Como estudiante de pregrado del MIT, Kelly pasó dos veranos en el laboratorio, intentando transferir un solo gen a la bacteria E. coli, que, a menudo, se usa para fabricar medicamentos. Fue un trabajo lento, frustrante, y él falló en eso.

Luego conoció a Drew Endy, un joven profesor y colega de Knight (cofundador de Ginkgo) en biología sintética. Kelly se sintió tan atraído por la idea de que el código digital de las celdas, con sus As, Cs, Gs y Ts (letras que identifican la conformación de los ácidos nucleicos, ADN), podía leerse y escribirse como un programa de computadora, que se unió al laboratorio de Endy cuando todavía era estudiante universitario. En 2003, comenzó un doctorado en Ingeniería Biológica en el MIT.

El resto de los estudiantes que confundaron Ginkgo llegaron al campus del MIT casi al mismo tiempo que él. Shetty, de 38 años, había estudiado caracoles venenosos, que utilizan neurotoxinas para paralizar a sus presas, cuando era una adolescente en Salt Lake City, pero se cambió a Informática para obtener su licenciatura en la Universidad de Utah. Canton, de 39 años, llegó de Irlanda después de estudiar Ingeniería Mecánica en el University College de Dublin y de desarrollar un interés en, como él dice, “dominar la complejidad de la biología a través de los conocimientos técnicos de la ingeniería”.

Che, de 39 años, creció cerca de las oficinas centrales de Apple, en Cupertino, California; aprendió a programar a los siete años y terminó una licenciatura en Ciencias de la Computación, en Stanford, antes de cambiar de dirección.

Knight, de 71 años, experto en computación, había hecho un cambio inusual a la mitad de su carrera. En la década de 1990, comenzó a preguntarse por el límite de observación de Gordon Moore, cofundador de Intel, cuya Ley de Moore dice que la cantidad de transistores en un microchip se duplica cada dos años. El problema, explica, es que las estructuras eventualmente se vuelven tan pequeñas que se está trabajando con silicio a escala atómica; y colocar los átomos en el lugar correcto, con precisión, requiere bioquímica.

En 1997, Knight estableció su propio laboratorio de microbiología en el edificio de Informática. “Algunos de mis colegas pensaron que los iba a matar”, dice Knight. Después de todo, los bioingenieros trabajan con bacterias como la E. coli, que puede causar enfermedades… e incluso la muerte. No le importaba lo que pensaran los demás. “Él no quería disculparse por programar la biología, a pesar de que todos los biólogos decían: ‘Es demasiado complicado, y todo lo que estás tratando de hacer es una tontería’”, dice Kelly.

La comunidad de biología sintética del MIT era pequeña y cercana. Shetty y Che trabajaron en el laboratorio de Knight; Kelly y Canton lo hicieron en el de Endy. Los dos laboratorios se unieron en comidas grupales, contribuyendo con la comunidad virtual (o wiki) OpenWetWare para compartir conocimientos biológicos, y con la competencia internacional de estudiantes de Máquinas de Ingeniería Genética (iGEM). Kelly y Canton compartieron una casa en la escuela durante el posgrado. Canton y Shetty estaban saliendo y luego se casaron. “Drew y Tom eran como imanes, chupando bio-nerds”, dice Kelly.

Kelly planteó la idea de comenzar una empresa después de que los cuatro terminaran sus doctorados en 2008. Todos querían que la bioingeniería fuera más rápida, barata y fácil, lo cual era importante para la industria, pero no conseguirían que se publicaran los textos de un nuevo profesor y mucho menos que los catedráticos les dieran seguimiento.

“No se necesitan descubrimientos científicos. De lo que se trata es de ingeniería de procesos”, dice Kelly, cuya tesis de posgrado fue sobre el modo de estandarizar la medición en biología.

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